Identidad digital: la llave del futuro (o el collar del perro)

Identidad digital la llave del futuro o el collar del perro

La identidad digital ha pasado de ser una idea lejana de tecnócratas a una realidad política que pisa fuerte. Gobiernos como el del Reino Unido y Suiza ya tienen planes en marcha para digitalizar la forma en que nos identificamos. Suena moderno, incluso cómodo. Pero… ¿y si lo que parece un acceso seguro se convierte en un mecanismo de control?

Spoiler: lo es.

El BritCard: control con acento británico

El Reino Unido ha dado el primer paso con lo que algunos llaman el BritCard, una credencial digital obligatoria para poder trabajar legalmente. Se guardará en el móvil y verificará si tienes «Right to Work». Así, cada vez que cambies de curro, mostrarás tu móvil en lugar del DNI. Fácil, rápido, eficiente.

Nos lo venden como una solución contra la inmigración ilegal, una herramienta moderna para verificar tu estatus laboral. Pero bajo ese barniz de funcionalidad, esto es una primera piedra para construir la autopista de la vigilancia total.

¿El problema? Todo esto estará bajo el paraguas del gobierno británico. Varios expertos en privacidad ya han advertido: «una sola app para todos los datos sensibles es un caramelito para los hackers». Además, si el Estado puede comprobar en segundos quién eres, dónde estás y qué haces… también podrá impedirte hacer cosas. Todo depende de quién tenga la llave.

Y no hablamos de teorías conspiranoicas: hay 1,2 millones de británicos que ya han firmado peticiones para frenar la implantación. Cuando la privacidad se pone en juego, la gente reacciona. Aunque sea tarde.

Porque aquí va lo grave: una vez normalizado el BritCard, la puerta queda abierta. Hoy es solo para trabajar. Mañana será para alquilar un piso. Luego para acceder a sanidad, para pagar impuestos, para moverte. Y al final, sin tu identidad digital, no existes. Y si alguien arriba decide revocártela por «razones de seguridad», te desconectan de la sociedad en un clic.

Suiza: un modelo con matices (y referéndum)

En el país del queso y la democracia directa, también se lanzaron con su propia e-ID. Pero a diferencia del Reino Unido, la identidad digital suiza no será obligatoria y se implementará de forma descentralizada.

La app se llama SWIYU, y permitirá a cada ciudadano tener un «wallet digital» con sus credenciales (edad, dirección, permisos de conducir, diplomas, etc.). Lo curioso es que esta versión de la ley fue aprobada por referéndum popular en septiembre de 2025, por un ajustadísimo 50,4%. Más democracia, más legitimidad.

Además, el diseño suizo incluye medidas para que el gobierno no sepa cuándo usas tu identidad digital ni con quién. Es decir, dan acceso, pero no vigilan (al menos en principio). Y eso marca una gran diferencia.

Otro punto interesante: Suiza ha aprendido de errores pasados. En 2021, un intento similar fue tumbado en referéndum por más del 64% de los votantes. ¿Por qué? Porque el sistema lo iban a gestionar empresas privadas. Esta vez, la infraestructura será pública y con control estatal, pero con privacidad reforzada. Lección aprendida.

Aun así, no nos engañemos: también es una piedra más en la construcción de ese edificio distópico donde cada interacción ciudadana está digitalmente registrada y potencialmente controlada. Esta vez lo han hecho con guante de seda. Pero el guante no quita el puñetazo.

Europa, España y lo que se viene

Mientras tanto, en la Unión Europea ya se aprobó la Digital Identity Wallet que los estados miembros deberán ofrecer antes de 2030. Y en España ya está en marcha la app MiDNI, que permite llevar el DNI en el móvil. De momento es opcional, pero ¿cuánto falta para que sea el único medio?

Esta cartera europea se venderá como interoperable, segura y con control ciudadano. Pero la letra pequeña aún no está clara. Y lo que hoy es voluntario, mañana puede ser obligatorio «por eficiencia» o «seguridad». Ya lo vimos con el certificado COVID.

Estamos en un punto de inflexión. Lo digital ya no es una alternativa: es el nuevo campo de juego. Pero si no participamos en las reglas, acabaremos jugando con las cartas marcadas.

La trampa del «todo más fácil»

A todos nos gusta lo fácil. Menos papeles, menos colas, más apps. Pero la facilidad no es gratis. Una identidad digital centralizada puede ser la antesala del control total: exclusión automatizada, bloqueos selectivos, vigilancia constante.

Imagina que un fallo técnico, o una decisión política, bloquea tu acceso a tu identidad digital. ¿Podrías trabajar? ¿Cobrar tu pensión? ¿Acceder a tu historial médico?

Y no, no es ciencia ficción. En China, ya funciona así. Y si crees que aquí eso no puede pasar… pregúntate cuántas veces has aceptado «términos y condiciones» sin leer.

Ser ciudadanos, no usuarios

La identidad digital puede mejorar la vida o atarla a un nuevo y elegante collar electrónico. En Suiza lo han entendido: primero preguntar al pueblo, luego programar. En Reino Unido van al revés: primero imponen, luego quejarse.

Y en España y América Latina, el riesgo es que nos vendan el invento como algo «cool y europeo», sin debate, sin transparencia, sin garantías.

Todavía hay tiempo para elegir cómo queremos jugar esta partida. Pero hay que hablarlo ya, antes de que la siguiente actualización del sistema sea irreversible.

Porque quien controla la identidad, controla la realidad. Y quien controla la realidad, te controla a ti.

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