En las últimas décadas, China ha consolidado un sistema de control social sin precedentes, integrando tecnologías avanzadas para supervisar y regular la vida de sus ciudadanos. Este entramado combina vigilancia masiva, inteligencia artificial y sistemas de puntuación social, redefiniendo los límites de la privacidad y las libertades individuales.

Sistema de Crédito Social. La Puntuación de la Ciudadanía
El Sistema de Crédito Social (SCS) es una iniciativa estatal que evalúa la reputación de individuos y empresas en función de su comportamiento financiero, legal y social. Implementado en fases desde 2014, el SCS asigna puntuaciones que pueden influir en aspectos como la capacidad para obtener préstamos, acceder a empleos gubernamentales o incluso viajar. Acciones como el incumplimiento de contratos, la difusión de información considerada falsa o la participación en actividades «antisociales» pueden disminuir la puntuación, conllevando sanciones que van desde restricciones en la movilidad hasta la limitación en el acceso a servicios públicos.
Vigilancia Masiva. Cámaras y Reconocimiento Facial
China ha desplegado una vasta red de cámaras de vigilancia en espacios públicos, estimada en cientos de millones de dispositivos. Estas cámaras están equipadas con tecnología de reconocimiento facial capaz de identificar a individuos en tiempo real, facilitando el seguimiento de sus movimientos y actividades. El sistema se complementa con inteligencia artificial que analiza comportamientos, detectando patrones considerados sospechosos o desviados de la norma.
Monitoreo Digital. Del Smartphone al Ciberespacio
El control no se limita al mundo físico. Aplicaciones móviles como WeChat o Alipay, omnipresentes en la vida diaria de los ciudadanos, son utilizadas para recopilar datos sobre comunicaciones, transacciones financieras y hábitos de consumo. Además, la censura en internet y la vigilancia de las actividades en línea permiten al Estado supervisar y controlar la información a la que acceden y comparten los ciudadanos, restringiendo contenidos que se consideren contrarios a los intereses gubernamentales.
Robots y Dispositivos Autónomos
Recientemente, China ha introducido robots de seguridad como el RT-G, un dispositivo esférico capaz de patrullar calles y áreas acuáticas. Equipado con cámaras, sensores y la capacidad de lanzar redes para inmovilizar a sospechosos, el RT-G representa una nueva frontera en la aplicación de la robótica al control social. Estos robots pueden alcanzar velocidades de hasta 35 km/h y operan de manera autónoma, utilizando inteligencia artificial para identificar y perseguir a individuos considerados una amenaza.
Exportación de Tecnologías de Vigilancia
Las empresas chinas no solo implementan estas tecnologías a nivel nacional, sino que las exportan, facilitando su adopción en otros países y potenciando prácticas que pueden vulnerar derechos fundamentales.
En España, aunque bajo un marco legal más regulado, ya se utilizan dispositivos de control social que invitan a reflexionar. Cámaras de videovigilancia con reconocimiento facial, aplicaciones móviles que recopilan datos personales, como los certificados de vacunación durante la pandemia, software de monitorización laboral o los contenedores inteligentes que ya hemos tratado aquí, son ejemplos de cómo estas herramientas están integrándose en el día a día. Si bien su finalidad se justifica en términos de seguridad o eficiencia, el riesgo de mal uso o abuso de estas tecnologías es real.
Aunque las democracias como España cuentan con leyes de protección de datos, la creciente sofisticación de estos sistemas exige un debate sobre el equilibrio entre seguridad y libertad, para evitar que herramientas de control social erosionen derechos fundamentales bajo justificaciones aparentemente legítimas.
El modelo chino de control social, sustentado en tecnologías avanzadas, plantea serios interrogantes sobre el equilibrio entre seguridad y libertad. Si bien el gobierno argumenta que estas medidas buscan mantener el orden y la estabilidad, la creciente invasión a la privacidad y la restricción de libertades individuales evocan recuerdos de épocas en las que la tecnología no era una herramienta de opresión, sino una promesa de progreso y emancipación.
