La Radioafición No Vende en España

Aquí en España acaba de celebrarse la feria anual sobre radioafición: IberRadio 2025. Un evento importante en la comunidad que copa toda la atención nacional del sector.

Yo no he asistido. Me queda demasiado lejos, y sinceramente, no tiene nada que me incentive a pagar 1,30 € el litro de gasoil, los peajes requeridos para circular por carreteras construidas con fondos públicos, o la posibilidad de llevarme una receta gracias a algún moderno sistema de control social camuflado de radar.

Me tengo que conformar con ver los vídeos de los compañeros que sí han asistido. Y el retrato que me llevo del evento es, para bien o para mal, la mismísima imagen de la radioafición española. No puede haber mejor espejo.

Un espacio muy mimado, lleno de stands de marcas, asociaciones, emisoras. Todo decorado, todos de gala, sonrisas bien puestas, regalando merchandising como si fuera la Comic-Con de las ondas. Se nota la ilusión. Se nota la dedicación. Pero también se nota lo de siempre:

Mucha gente, poca juventud.

De menos de 50, pocos. De menos de 40, casi en peligro de extinción.

Todos se saludan, se estrechan la mano, se dedican palabras bonitas…

Y al volver a casa… el verdadero show comienza. Las comunidades se llenan de críticas. Que si el otro vendía carísimo, que si aquél es un falso, que si el de la esquina es un mafioso con indicativo.

Igualito que la radioafición en general: se vende como amistad, fraternidad, colaboración, libertad, caballeros del aire. Pero cuando apagas el equipo, lo que queda muchas veces es otra cosa muy distinta.

Se habla de la radioafición como si fuera un paraíso. Pero hoy voy a darte mi punto de vista alternativo. Uno que quizá explique por qué la radioafición no causa interés en el gran público, y por qué puede que ni con eventos como IberRadio consiga revertir su declive.

El club secreto de los que se creen Marconi

¿Quieres ser radioaficionado en España? Prepárate: te espera más burocracia que para adoptar un koala en Australia. Licencia, examen, papeleo… Todo ello para poder decir «hola» en 40 metros a alguien en Cuenca.
Pero lo mejor viene cuando por fin consigues tu indicativo y te lanzas a buscar comunidad.

Ahí es donde te das cuenta de que esto no es un hobby: es una logia. Y no de las divertidas. Foros cerrados solo para socios. Revistas inaccesibles salvo que pagues cuota. Normas no escritas que se aplican como si fuesen dogma de fe.

URE el peso máximo

La URE (Unión de Radioaficionados Españoles) no es un grupito de colegas, es la referencia nacional. Su peso es real, tanto que:

  • Representa oficialmente a España en organismos internacionales de telecomunicaciones.
  • Tiene capacidad de presión ante la administración pública.
  • Gestiona gran parte del ecosistema competitivo de concursos y diplomas.
  • Posee una red de secciones locales repartidas por todo el país.

En resumen, tiene recursos, historia y legitimidad. Si alguien puede marcar tendencia y dirigir la radioafición en España hacia un futuro más abierto y atractivo, es la URE.

Y sin embargo, su estrategia digital parece sacada de un PowerPoint del 98 hecho con ClipArt.

En pleno 2025, su comunicación online es torpe, poco atractiva y profundamente cerrada.

  • Su revista, elaborada por una base de socios entusiastas, no está disponible para el público general.
  • Su foro, en lugar de ser un espacio abierto para compartir conocimiento y atraer nuevos talentos, tiene limitaciones para los no socios, funcionando como un club privado de acceso restringido.
  • Sus redes sociales, cuando existen, parecen tablones de anuncios en lugar de canales vivos de divulgación.

Todo queda entre los «hermanos de cuota», un ecosistema endogámico que premia la permanencia y castiga la curiosidad externa.

¿El resultado? Una receta perfecta para disuadir a cualquier joven con inquietudes tecnológicas y cero paciencia para sistemas cerrados.

Plataformas que parecen públicas pero son cortijos privados

QRZ.com es el Facebook de los radioaficionados. O más bien el LinkedIn de los que creen que su indicativo es un título nobiliario. Todo el mundo lo usa. Todo el mundo lo necesita. Pero no deja de ser una empresa privada con normas que te tragas sin rechistar.

Te pueden cerrar el perfil, limitar funciones, o cobrar por mejoras sin que puedas hacer mucho más que llorar en 20 metros.

Y no está sola. Ahí están LoTW, eQSL, Clublog, HamQTH… Cada una con su formato, su web desfasada y su ecosistema propio. La interoperabilidad entre ellas es una broma de mal gusto. Y si alguien propone una plataforma abierta, interoperable y comunitaria, el resto lo mira como si hubiera dicho «uso WhatsApp en fonía».

El problema es que mientras seguimos atrapados en estos cortijos privados, el mundo ya se mueve hacia sistemas abiertos, de código libre y descentralizados. Ejemplos como la blockchain o el Fediverso demuestran que existen modelos colaborativos, transparentes y sin dueños que permiten construir comunidades más sanas y resilientes.

La radioafición, con todo lo que presume de independencia y libertad, debería mirar en esa dirección en lugar de seguir atada a plataformas privadas que controlan los datos y dictan las reglas.

¿Dónde está el espíritu libre de las ondas? En los Términos y Condiciones.

qrz.com

La guerra civil de los modos

Pensabas que la radioafición era un hobby de paz y fraternidad global, ¿no? Error. En la práctica es una trinchera de egos donde cada modo tiene sus cruzados:

  • Los de fonía suelen despreciar a los de FT8, acusándolos de que “eso no es radio de verdad, es un videojuego que lo hace todo solo”.
  • Los de CW miran por encima del hombro a todos, porque creen que si no dominas el código Morse que ellos aprendieron en la mili, no tienes derecho a llamarte radioaficionado.
  • Los de DMR directamente son ignorados, como si lo digital fuese una herejía para “vagos” que no saben conectar un micro.

El resultado es que los debates no son técnicos ni enriquecedores. Son discusiones teológicas, comparables a las de una religión con múltiples sectas, donde cada grupo defiende su verdad absoluta y descalifica al resto. Como en el Congreso de los Diputados, que en lugar de legislar leyes que favorezcan el desarrollo del país, se pasan el día discutiendo sobre quién roba más o qué partido acumula más casos de corrupción.

Divulgadores a codazos

Los creadores de contenido podrían ser la tabla de salvación de la radioafición, y algunos realmente lo son. Hay youtubers, podcasters y blogueros que anteponen la pasión por la radio a su propio ego y que comparten su conocimiento con generosidad, sin importar cuántos seguidores ganen o si otros se llevan el mérito.

El problema es que son la excepción, no la norma. La mayoría vive en su torre de marfil:

  • No se enlazan entre ellos.
  • No se recomiendan.
  • No colaboran.
  • Se critican.

El recién llegado, en lugar de encontrar una comunidad cohesionada que lo acoja y lo forme, se topa con decenas de comunidades aisladas, muchas veces ignorándose entre sí o, peor aún, compitiendo por el mismo pequeño espacio.

El resultado: una gran dispersión de esfuerzos, donde brilla el talento individual, pero se pierde el potencial colectivo.

Concursos que parecen oposiciones

Los concursos de radioafición podrían ser el e-sport analógico del siglo XXI. Podrían enganchar a nuevas generaciones si se presentaran con frescura, espectáculo y una mínima visión de futuro.

Los jóvenes esperan encontrar algo dinámico:

  • Marcadores en tiempo real.
  • Rankings visibles y accesibles desde cualquier dispositivo.
  • Narrativas que hagan vibrar como si estuviesen viendo una final de LoL o de Valorant.

Lo que se encuentran es muy distinto:

  • Reglamentos confusos, escondidos en PDFs con más jerga que claridad.
  • Papeleo absurdo que parece más un examen de oposición que una competición.
  • Logs en .ADIF enviados por correo electrónico, procesados semanas después, y resultados publicados con meses de retraso.
  • Diplomas en PDF sin diseño, que más que un premio parecen un justificante escolar.

¿Os acordáis de los casteos de canicas de Ibai? Con una narración bien hecha, esos videos parecían más emocionantes que una lucha por el podio en las últimas vueltas de una carrera de la Fórmula 1. Esa es la diferencia entre entender cómo se comunica un evento hoy y quedarse anclado en el pasado.

En lugar de un espectáculo abierto y motivador, los concursos en radioafición siguen siendo un trámite frío, secuestrado tras burocracia. Y con ello, todo el potencial competitivo se tira por la borda.

La pasión existe, pero el ecosistema la mata

Lo más trágico es que la radioafición aún tiene cosas brutales que ofrecer:

  • Comunicaciones sin depender de Internet ni de infraestructura comercial. Un sistema autónomo, directo, que no está sujeto a cortes de fibra, caídas de servidores ni decisiones de una multinacional. Cuando enciendes el equipo, lo que sale al aire depende solo de ti, tu antena y tu conocimiento.
  • Conexión directa con satélites y experimentación real. Desde conversar con la Estación Espacial Internacional hasta poner en órbita un cubesat universitario, la radioafición permite experimentar con tecnologías que en otros ámbitos serían inaccesibles. No hablamos de jugar con simuladores: hablamos de pruebas en el mundo físico, en tiempo real, donde la creatividad se mide en antenas construidas en el garaje y señales que cruzan el planeta.
  • Un laboratorio abierto de innovación tecnológica. SDRs, modos digitales, propagación ionosférica, antenas fractales, integración con software libre… La radioafición es un terreno fértil para los curiosos, un espacio donde mezclar electrónica, programación y telecomunicaciones sin pedir permiso a nadie.

Pero todo ese potencial queda sepultado por una comunidad que prefiere defender su parcela antes que abrir la puerta al futuro. La radioafición podría ser un imán para makers, estudiantes, ingenieros y curiosos tecnológicos. Podría ser el puente entre lo analógico y lo digital. Podría ser un espacio de experimentación colectiva, abierto y vibrante.

Sin embargo, se empeña en encerrarse en sus propias murallas.

Unir fuerzas para que la radioafición pegue fuerte

Lo que de verdad necesitamos es unir fuerzas. Todos los que amamos la radio, con sus diferentes estilos y formas de disfrutarla, deberíamos dejar de mirarnos con desconfianza y empezar a remar en la misma dirección. No por orgullo, sino por el futuro de nuestro hobby.

Y después de soltar tanto veneno como serpiente enojada, os confieso algo: a pesar de todo, sigue mereciendo enormemente la pena adentrarse en este mundo. Las satisfacciones superan con grandeza a las decepciones. Por algo seguimos enganchados, con un lazo que se mete tan dentro que ya no se suelta.

Si eres radioaficionado y no te reconoces en lo que describo, probablemente seas uno de esos compañeros maravillosos que voy encontrando en cada QSO, en cada grupo, en cada esquina del espectro. Gente auténtica, que comparte sin esperar nada a cambio, que contagia ilusión y mantiene viva la magia de la radio. Y sois muchos, aunque a veces vuestra voz quede tapada por el ruido de una minoría que grita más de lo que aporta.

La conclusión es sencilla: la radioafición sigue siendo un mundo fascinante y merece que lo cuidemos entre todos. Si conseguimos que la pasión pese más que los egos, que la colaboración venza al aislamiento y que la apertura supere al hermetismo, la radioafición no solo sobrevivirá, sino que volverá a brillar.

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